SEIS
AÑOS MÁS TARDE
Bradford.
Londres. Principios de marzo.
No. No abriría los ojos por más que aquellos
ensordecedores gritos me lo encomendaran. Tan solo quería quedarme unas horas
más en aquella cómoda cama. No tenía ganas de levantarme y volver al mundo
real. Al mundo de las normas y reglas familiares. Ya estaba harta de todo.
Harta de ignorar todo lo que pasaba a mí alrededor, y asentir y obedecer a
todos como una insignificante sumisa.
Tal vez podría hacerme la enferma, y no tener que ir a
aquel odioso religioso. Pero sabía que tarde o temprano acabaría obedeciendo,
como todos los días de mi existencia.
Me destapé, rápidamente, de la colcha y me senté sobre
el borde de la cama. Unos irritables rayos de luz, que se dejaban entrever por
las cortinas blancas de la habitación, hicieron que entrecerrara los ojos. Me
los froté rápidamente, mientras me dirigía al cuarto de baño. Debía asearme
antes de que subiera mi madre con algún tipo de riña o castigo.
-Como si aun fuera una niña de 5 años.-susurré,
deshaciéndome del camisón.
Giré los gemelos del agua, y dejé que la bañera se
llenara por completo. Avancé unos cuantos pasos hasta el armario, y escogí un
sobre de aroma a jazmín. Amaba esa fragancia. De mientras que seguía
llenándose, comencé a cepillar mi cabello intentando deshacer cualquier enredo
de la noche anterior. Una vez que se hubo llenado, y había echado el sobre;
metí en su interior mi minúsculo cuerpo. Coloqué cada brazo en los extremos de
la bañera, y sumergí mi cuerpo en él. No me importaba cuanto tiempo iba a estar
debajo del agua. Eso era lo de menos. Lo peor era cómo iba a afrontar el día.
“¿A qué viene esa pregunta? Sabes
perfectamente que tu vida está programada. Debes hacer eso sí, o sí. Aunque no
sea de tu agrado”. Me retó mi subconsciente.
“¡Cállate!
¡Tú que sabrás de mi vida!” Le amenacé mentalmente.
Sonaría absurdo estar peleándose con tu subconsciente,
pero para mí era no era una tontería, en eso consistía mi día a día.
-¿Piensas quedarte ahí todo el día?-dijo una voz, en la
misma habitación.
Abrí los ojos, aun debajo del agua, y vi la figura de
mi madre algo borrosa. Rápidamente salí del interior de la bañera, no sin antes
toser a causa de la falta de aire.
-¿Qué estabas haciendo?-volvió a preguntar, con el
semblante sereno.
Desde siempre le había tenido un gran respeto a mi
madre. Era una mujer frívola y sin sentimientos. Todo en ella cambió a partir
de…Bueno, simplemente cambió.
-Y-yo…-tartamudeé, mientras me hacía con una toalla
cercana y me secaba las veloces gotas de agua que descendían por mi rostro.- En
seguida bajo, madre.
Ella cruzó los brazos sobre su pecho, y por unos
minutos se limitó a mirarme a través de sus azulados ojos, hasta que salió de
la habitación.
Eché la cabeza hacia atrás, mientras cerraba los ojos
intentando aspirar todo el aire posible. Por esta vez no recibiría castigo
alguno, a no ser que me diera prisa.
Sequé mi cuerpo con la toalla, y comencé a vestirme con
aquel odioso uniforme. Éste constaba de una falda azul marino –hasta las
rodillas-, un jersey verdoso a juego con las calcetas y aquella calurosa
chaqueta que debía seguir llevando, a pesar de que nos encontrábamos a
comienzos de primavera. Me calcé los
típicos zapatos colegiales, y recogí mi cabello en una baja coleta.
Antes de salir de mi habitación, me aseguré de coger mi
mochila y mis gafas. Realmente no necesitaba llevarlas, pero mis padres me
obligaban a dar esa imagen de mí.
-Señorita, ya tiene el coche listo para que la acerque
hasta el colegio.-dijo Tiara (una de nuestras sirvientas), cuando me vio
descender las largas escaleras.
Asentí con la cabeza, y me dirigí rápidamente hacía la
cocina para coger algo que desayunar. Al entrar pude comprobar que ya no había
nadie. Mis padres se habían marchado al trabajo.
Escogí una, jugosa y sabrosa, manzana del cesto y corrí
hacía el coche. No sin antes despedirme y desearle un buen día a Tiara. Era una
mujer encantadora –rondaría los 50 años-. No era de nacionalidad inglesa; era
nigeriana. Tal vez eso fuera la razón de que, desde un principio, sintiera una
gran admiración hacía una persona de piel oscura. Distinta ha todas las que mis
ojos humanos habían visto, hasta entonces. Tenía dos hijos, aquí en Bradford, y
otros dos en Nigeria. La consideraba como mi nana; aquella única persona que me
escuchaba y me protegía de todos mis temores infantiles cuando mis padres no lo
hacían.
-Que pase un buen día, señorita.-dijo con una amplia
sonrisa Mikel, nuestro chófer.
Me despedí de él con un ademán de manos, y me dirigí a
mi infierno matutino.
Aferré con fuerza mis apuntes, contra mi pecho y saludé
–con un alzamiento de cejas-, a varias chicas que se encontraban a mi paso. La
verdad es que nadie quería relacionarse con la rarita de _____ Evans. Una chica
que jamás establecía conversación con nadie, y que una vez se enfrentó a los
ideales de la profesora Mackenzie, consiguiendo como castigo una expulsión
semanal.

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ResponderEliminarGracias amooooooor<3
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