•Narra
Zayn.
-¡Zayn Malik! ¡¿Quieres hacer el favor de
levantarte?!-gritaba, desde el otro lado de la puerta, mi madre siendo ésta la
novena vez que lo hacía en toda la mañana.
Me removí entre las sábanas, mientras me desperezaba y
abría lentamente los ojos. Una oleada de dolor invadió toda mi zona craneal,
como si me la estuvieran martilleando. Me llevé las manos a la cabeza, intentando
recordar algo de anoche. Nada. Se me era imposible, ya que me había pasado
bebiendo. Y ahora tenía que hacer frente a una dolorosa, y despreciable resaca.
-¡Zayn, por favor! ¡Sophie llegará tarde al colegio! ¡Y
te dije que hoy tendrías que llevarla tú!-volvió a sonar la voz de mi madre por
toda la habitación.
Un gruñido salió de mis labios. Me había olvidado
completamente de Sophie, y mi cuerpo no se encontraba ahora con ganas de andar
durante 15 minutos. Me levanté, rápidamente, y comencé a vestirme mientras
buscaba algo de dinero entre los bolsillos de mi cazadora. Nada. No había nada.
¿Me lo habría gastado todo anoche?
La puerta de la habitación se abrió, dejando al
descubierto un dulce y angelical rostro. Sus ojos color miel se encontraban más
vivos que nunca.
-Papi, ¿estás listo?-dijo con su melosa voz, mientras
se quedaba en el umbral de la puerta.
Sonreí como un tonto enamorado, y sus palabras bastaron
para quitarme toda la resaca que estaba pasando. Me acerqué hasta ella, y la
alcé al aire mientras le hacía cosquillas.
-Para, para.-me exigía, mientras su melodiosa risa
invadía los conductos auditivos de mis oídos. Su risa era, exactamente, igual
que la de su madre. Escucharla me hacía sentir que su alma aun continuaba aquí,
junto a nosotros.
-Vámonos, pequeñaja.-le dije, dejándola sobre el piso y
revolviendo su achocolatado cabello. Una sonrisilla maliciosa se hizo presente
en la comisura de sus labios.
La seguí a través del largo pasillo, mientras me
colocaba la cazadora y cogía el paquete de tabaco –que se encontraba sobre la
mesita-.
-Que tengas un buen día, cariño.-apareció mi madre,
mientras se acercaba hasta Sophie y le plantaba un cálido beso en su rosada
mejilla.
-Gracias, abu. Tú también.-dijo ésta, mientras se ponía
de puntillas y alzaba su rostro para imitar la acción de mi madre. Me despedí
de ella con un ademán, y salimos por la puerta.
El cielo se encontraba despejado, y una pequeña brisa
se hacía presente en las copas más altas de los árboles. Era extraño no sentir
ese gélido frío cada vez que caminabas por las calles del barrio. Sin duda la
primavera se estaba adelantando. Sophie se colgó la mochila sobre los hombros,
y entrelazó sus dedos en los míos mientras caminábamos calle abajo. Ese gesto
tan dulce de su parte, me estremeció por dentro y no pude evitar desviar la
mirada a ella.
-¿Por qué sonríes, papi?-sus palabras tintinearon en el
aire, y después la brisa primaveral se las llevó.
Sacudí la cabeza, mientras una pequeña carcajada salía
–instintivamente- de mis labios.
-Porque estoy loco por ti.-le respondí, en tono
chistoso mientras le daba un beso en la mejilla. Ella apretó, fuertemente, sus
labios mientras una mueca se hacía presente. Ladeé la cabeza, y pregunté-:
¿Sucedió algo, pequeña princesita?
Ella puso sus brazos en jarra alrededor de su pequeña
cintura, intentando parecer mayor.
-Esas cosas no me las tienes que decir a mí.
Me paré en seco ante su contestación, y me arrodillé
para estar a su altura.
-¿Y a quien debo, sino, decírselas?-enarqué una ceja,
deshaciéndome de las gafas de sol y poniendo mi mirada sobre sus redondos ojos.
Aquellos enmarcados por largas pestañas negras.
Ella vaciló durante unos segundos, y después agregó:
-A mamá.-Una oleada de dolor se apoderó de mi pecho al
escuchar sus palabras. Ella pareció darse cuenta del cambio repentino en mi
rostro. Y añadió-: O alguna chica que te haga reír mucho, como yo.-Negó con la
cabeza, y después rectificó.- No, yo no valgo.
Ante aquella acción no pude evitar reírme a carcajadas.
Era tan sumamente divertida y graciosa. A ella le molestó que me estuviera
riendo a carcajadas, y echó a andar malhumorada hacía el colegio.
-Espera, espera.-corrí tras de ella.
Cuando la alcancé, la cogí en peso y la subí sobre mis
hombros mientras corríamos calle abajo. Ella no paraba de reír a carcajadas
como la niña pequeña que era, mientras que yo; simplemente me había olvidado de
la resaca y disfrutaba del papel paternal que tenía que ejercer.
•Narra _____.
Una más. Tan solo una clase más y saldría de este
infierno.
“¿Salir?
Tú no irás a ninguna parte. Recuerda que tu vida está programada, y tienes
clases extraescolares.” Me recordó mi subconsciente.
-Cállate.-intenté decirlo mentalmente, pero para mi
desgracia lo había dicho en voz alta y miles de ojos se clavaban a mi espalda.
Tomé una bocanada de aire y cerré la taquilla, para después darme la vuelta y
agregar-: ¿Algún problema?
Los ojos que, anteriormente, me miraban extrañados;
ahora se encontraban sorprendidos ante mi pregunta.
-El problema eres tú.-intervino esa vocecita odiosa que
siempre evitaba encontrarme.

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